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Primer encuentro

-Eso que te he dado se llama María Del MAr.

-¿Quién coño eres tú?

-Te lo he dado para que te calmaras. No tenía nada más a mano.

-Ya sé lo que me has dado, no es la primera vez que lo tomo, aunque jamás en semejante dosis. No entiendo para qué querías que me calmara, con apretar el gatillo me hubieras calmado para siempre. Hubiera jurado que la agencia disponía de sicarios más eficientes que tú.

-Así que fue eso lo que pensaste, por eso dijiste que no me esperabas tan pronto, pensaste que venía a liquidarte.

-Es lo que pienso cada vez que me encañonan.

-¿Por qué quieren liquidarte?

-…

-¿Tiene algo que ver con esas tres mujeres que han aparecido en el vertedero de Croydon?

-¿Quién eres?

-Alguien que puede salvarte el pellejo.

-Ya, y para eso necesitas drogarme. ¿Qué me has dado además de MDMA? El MDMA a palo seco no me haría perder la consciencia.

-Es un coctel que me ayuda a mantener la ilusión de que soy féliz. Lleva algo de Ketamina.

-¿Dónde estamos?

-Créeme, estamos en un lugar seguro.

-No existe lugar seguro.

-Responde. ¿Quién quiere matarte y por qué?

-Antes dime quién eres.

-Mi nombre es John Parker y soy policia. Puedo ofrecerte inmunidad si colaboras con nosotros.

-¿Con nosotros? Yo no veo a nadie más. No te creo. ¿Desde cuándo se dedica la policia a drogar y secuestrar sospechosos?

-Queremos que nos proporciones información sobre la agencia para la que trabajas. A cambio te ofrecemos una nueva identidad, una nueva vida.

-Estoy contento con la que tengo.

-Pues parece que no te va a durar mucho, Cautivador.

-¿Pero qué coño es esto? ¿Por qué habría de colaborar con, con…? ¡Joder, es que no sé ni con quién hostias estoy hablando! Además, yo no he hecho nada.

-Me temo que lo del vertedero será suficiente para enchironarte de por vida.

Falling (or am I flying?)

De pronto aquella sensación inicial se hizo mucho más intensa y sus pupilas empezaron a dilatarse a la vez que la escasa luz del extraño lugar en que se hallaba comenzó a dibujar objetos soñados, deseados, y su lengua inquieta buscaba los últimos resquicios de saliva que quedaban en el interior de la boca cada vez más reseca. Todo lo que intentaba musitar se convertía al instante en una retahíla de muecas carentes de sonoridad pero exultantes de significado, espejo de una sensación equiparable a una masiva descarga de serotonina, o quizás no equiparable sino precisamente eso: una liberación repentina de todas las reservas del feliz neurotransmisor. “Si esto es estar muerto…”, pensó Cautivador sin poder finalizar la frase ni articular una idea definida. Su cuello giraba y giraba lentamente, y con él su cabeza, que parecía atraer y concentrar el recuerdo vívido de todas las sensaciones más placenteras imaginables. La palma de su mano derecha emprendía un recorrido cíclico que comenzaba en la frente y, tras recorrer su afeitada y sudorosa cabeza, acababa empapada en la nuca para regresar pausadamente al punto de inicio. Frente a él se abría un paisaje inóspito que lo invitaba a caminar sin necesidad de echar la vista al pasado, a la vida. Pero no le apetecía caminar sino permanecer sentado, sintiendo como aquellas uñas que no parecían suyas arañaban ligeramente su cuero cabelludo una y otra vez y todo parecía carecer de sentido porque nada podía tener sentido en este mundo al que había llegado y del que no quería marcharse. Chronos era el único enemigo, invencible enemigo.

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Desahuciado

En aquel instante, mientras la voz de Jeremy Paxman iba dando forma a la noticia del hallazgo con vida de la Yamamoto y sus dos amigas, a Cautivador su propia existencia se le antojó insustancial y efímera. Después de años de aventuras rocambolescas capaces de hacer que el mismísimo Jason Bourne se cagara de miedo, la vida de Cautivador había llegado de pronto a un callejón sin salida. De nada servía protestar ni buscar escusas porque nadie le iba a escuchar, desde luego no los directivos de la agencia que acababan de poner precio a su cabeza. Sin embargo no podía evitar sentirse apesadumbrado por la cadena de hechos desafotunados de la que era víctima. Sí, así es, víctima. Si las tres esclavas hubieran aparecido muertas nada ni nadie habría podido vincularlo con los cadáveres. Hubiera sido un desastre, de acuerdo, pero al menos Cautivador no estaría involucrado y la agencia tampoco. En lugar de eso, la policía contaba ahora con tres testigos dispuestas a declarar que un individuo que se hacía llamar duquesa de Middlesex las había secuestrado y las había maltratado durante todo el fin de semana. Poco importaba que ésa fuera una verdad a medias. Habían sido secuestradas y maltratadas, sí, pero no era menos cierto que las tres habían disfrutado enormemente con esa (para ellas) nueva experiencia. Quizás no al principio, las primeras dos o tres veces que Cautivador había dejado caer su latigo, pero después, ¡oh, después!, las tres esclavas habían mostrado un ferviente deseo de ser azotadas y vilipendiadas sin descanso. Cautivador había acabado totalmente exhausto tras producir los millones de megaherzios de placer orgiástico que demandaban sus tres sumisas esclavas. Los brazos (biceps, triceps y todo lo que acabara en ceps) los tenía doloridos de tantos latigazos como había arreado, y las palmas de sus manos, llenas de ampollas supurantes, parecían palpitar de hinchadas y rojas que estaban. Las miró por un instante y pensó en los cientos de bofetadas que había soltado a ruego de la Yamamoto y sus dos amigas. En la cabeza de Cautivador retumbaban las únicas palabras en inglés que habían salido de la boca de la Yamamoto: “¡¡¡Oh master, hit me, hit me, hit meeeeeeee!!!” Nada de aquello saldría ahora ni de su nipona boca ni de las de sus dos acompañantes británicas, no mientras sus esposos y familias las compadecían en el hospital dando muestras inequívocas de amor y cariño, con el susto de su desaparición y posible muerte aún presente en sus rotros. Las tres olvidarían los múltiples orgasmos que Cautivador les había provocado, y se centrarían en declarar a la policía los detalles más cochambrosos, aquéllos que servirían para cargar todas las culpas sobre los hombros de alguien de quien solo conocían su nombre de guerra (duquesa de Middlesex) y dónde vivía. En efecto, esa había sido su gran cagada. ¡¿Cómo cojones se me ocurrió traerlas a casa?!, se lamenta Cautivador mientras vuelve a dirigir la mirada hacia la pantalla del televisor. Es entonces cuando siente que algo frio le toca la sien derecha, algo cilíndrico y metálico. En ese mismo instante Cautivador comprende que la función ha llegado a su fin. “No te esperaba tan pronto”, es todo lo que dice a modo de despedida.

Desconcertado

Lo veo y no lo creo. Es la señal. Salgo de la iglesia, me tomo un par de pintas en el pub de la esquina, camino tranquilamente hasta mi casa y ¿qué es lo primero que me encuentro al entrar en la cocina? Pues la puta señal que indica que mis días están contados. No es ninguna broma. Es parte de nuestro código interno, una especie de bushido deontológico: si la cagas y pones a la agencia en peligro, irán a por ti y te joderán vivo. ¿Y cómo te lo dicen? ¿En persona? ¿Por teléfono? ¿Por email? No, eso sería demasiado considerado. Te lo dicen, sí, pero no con palabras. Quien haya visto El Padrino sabrá cómo se las gasta la mafia en estos casos. La agencia es menos grandilocuente pero igual de efectiva. En lugar de una cabeza de caballo te dejan un pollo de granja pelado y descabezado. No hago para sustos.

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Ya me lo decía mi madre: “Cautivador, hijo mío, ten mucho cuidado que la vida es muy puta y no te puedes fiar de nadie”. Demasiado tarde mamá. Debí hacerte caso y preparar las oposiciones para notario.

Siempre que necesito pensar enciendo el televisor para no tener que pensar. Pero no siempre funciona. Tras presionar el botón del mando a distancia, me ha bastado con ver el careto de Jeremy Paxman en pantalla, con esa mirada de inquisidor que tiene el muy cabrón, para darme perfecta cuenta de lo que está pasando. Mamá, lo sé, no me lo digas, debí rematarlas.

¡Aparecen la Yamamoto y sus dos amigas!

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[Tararán, tararán, chun-chun, chun-chun, tararaaaaaaán…]

Buenas noches y bienvenidos. Les habla Jeremy Paxman y esto es Newsnight. Hoy hablaremos en primer lugar de la noticia que ha conmocionado al mundo entero. Tras dos días de intensa búsqueda, la policia metropolitana ha hallado con vida a las señoras Mikiko Yamamoto, Georgina Thompson y Elizabeth McIntyre hace poco más de tres horas. Una llamada anónima alertó a las autoridades del arrojo sospechoso de tres alfombras enrolladas en el vertedero de Croydon, en la zona sur de Londres. Dentro de las alfombras aparecieron la esposa del embajador del Japón y sus dos amigas británicas. Todo apunta hacia un secuestro abortado, aunque por el momento la policia no ha querido dar más detalles de los hechos. Sin embargo, fuentes cercanas a la familia de una de las víctimas británicas aseguran que las tres se encuentran confusas pero en buen estado. Las víctimas han sido ingresadas en el hospital de St. Thomas, en el centro de Londres. En unos minutos conectaremos con nuestro reportero Bill Lescott, que se encuentra a las puertas del hospital para informarnos de la última hora de este suceso que a punto ha estado de crear un conflicto diplomático irreversible entre nuestro gobierno y el japonés. En breve se preve una rueda de prensa en el mismo hospital.

La segunda noticia que abordaremos esta noche no es menos desconcertante: la cadena de quiebras que está afectando a la industria productora de condones…

Ni borrón ni cuenta nueva

Llevo cinco meses vigilando a ese individuo que llaman Cautivador. Trabajo para Scotland Yard. Mi nombre es Parker, agente John Parker. La semana pasada cumplí treinta y seis primaveras. Estoy casado y tengo dos hijas de cuatro y dos años a las que apenas veo. Si trabajara con horario normal de oficina, de nueve a cinco, las cosas serían muy distintas y mi mujer no me estaría continuamente amenazando con abandonarme. No voy a intentar describir el estrés a que me veo sometido. Solo diré que sobrevivo a base de tranquilizantes y que, a pesar de detestar mi trabajo, sigo siendo un investigador competente. ¿Que por qué no lo dejo? No sé hacer otra cosa más que ser policia. Además, soy como el burro que persigue la zanahoria: llevo años oyendo rumores de ascenso. Lo curioso es que los rumores cada vez me parecen más verosímiles. Supongo que el burro que ve la zanahoria a dos palmos de sus narices tendrá esa misma sensación. El sargento Parker no tendría que pasarse las horas como las pasa el agente Parker, recorriendo de incógnito los bajos fondos, intentando sonsacar información a toda esa escoria de delincuentes que no dudarían en despellejarme vivo si descubrieran quién soy en realidad. Aunque lo peor es tener que dormir en este coche de mierda. Mucho motor y mucho diseño, pero de espacio bastante escaso. Mi espalda me está matando. Tengo una escoliosis de tres pares de cojones. Espero que esta misión sea mi última misión antes de tener oficina propia y poder así recuperar mi vida. Pero Cautivador no me lo está poniendo nada fácil.

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No es Cautivador nuestro primer objetivo sino la misteriosa agencia para la que trabaja. Sabemos que delinquen pero no sabemos qué es exactamente lo que hacen. Tampoco sabemos para quién trabajan. Sus víctimas son siempre personalidades importantes, o eso creemos, porque nunca nadie ha presentado una sola denuncia. Calculamos que la agencia (a la que estúpidamente llaman “agencia de superhéroes”) tiene a otros cinco individuos como Cautivador en nómina, aunque, para ser sincero, ese cálculo no es más que pura conjetura burocrática pergeñada para rellenar mis informes con algo “tangible”. En realidad Cautivador podría estar actuando por su cuenta y la dichosa agencia podría ser fruto de la imaginación de quienes desean que semejante cosa exista, una historia más dentro del amplio abanico de leyendas urbanas. De nuevo dependo de rumores, aunque tan extendidos, tan inverosímiles y tan disparatados que a la fuerza han de ser verdad.

Paradojas de la vida: mientras no consiga vincular a Cautivador con la dichosa agencia, Cautivador tiene carta libre para hacer lo que le venga en gana. Podía haberle empapelado hace tiempo, pero no estoy dispuesto a dejar que el pez grande se me escape. La agencia existe y lo voy a demostrar con la ayuda de Cautivador. Voy a atraparlos a todos. Ni lo ocurrido hace una hora conseguirá desviarme de mi objetivo. No negaré que me he asustado al ver a Cautivador arrojar tres alfombras grandes enrolladas al vertedero de Croydon. Me he acojonado, lo reconozco. Parecía estar deshaciéndose de los cuerpos de sus tres acompañantes o esclavas. Pero debe haber alguna otra explicación porque Cautivador no es un asesino. Lo más probable es que las tres esclavas se hayan ido cada una para su casa al poco de marcharse Cautivador y yo tras él. Eso sí, he cumplido con mi deber. He realizado una llamada anónima informando de la aparición de tres fiambres en el vertedero, pese a estar prácticamente convencido de que mis colegas no encontrarán nada, pero por si acaso, no vaya a ser que…

Mientras realizaba la llamada he seguido a Cautivador hasta esta iglesia católica. ¿A qué coño habrá venido? Ahora mismo son las seis y media de la tarde de un lunes nublado. Llevo veinte minutos aguardando en mi coche. Yo mismo estoy por entrar a la iglesia y rezar para que Cautivador cometa algún error y me entregue a sus compinches en bandeja. Mejor espero. Esperar es lo mío.

Borrón y cuenta nueva

-Padre.

-Hijo.

-Padre, he pecado.

-Cuéntame hijo.

-He cometido numerosas barbaridades.

-No temas hijo, dime de qué se trata. El Señor sabrá perdonarte.

-Lo dudo padre.

-Te recuerdo que el Señor perdona a todos aquellos que se arrepienten.

-Ya, pero es que no sé si me arrepiento.

-¿Entonces a qué has venido?

-No me arrepiento pero sé que he pecado.

-Entiendo.

-Padre, he matado a tres mujeres.

-Santa madre bendita.

-Fue sin querer.

-¿Sin querer? ¿Las atropellaste?

-No, las envenené.

-¿Cómo?

-Esnifando cocaína que resultó no ser cocaína sino otra cosa.

-¿Qué cosa?

-No lo sé. Alguien debió ponerla en el lugar donde guardo la farlopa, quiero decir la cocaína.

-Entonces no fue culpa tuya hijo.

-Pero fui la mano ejecutora padre.

-Sin saberlo hijo, sin saberlo.

-Pasamos el fin de semana los cuatro juntos. Nos despertamos el lunes con una resaca monumental. Pensé que un poco de cocaína nos ayudaría a levantar el ánimo, así que preparé cuatro rayas. Dejé que ellas esnifaran primero. Cuando estaba a punto de meterme la mía, vi que una de ellas empezó a tener convulsiones y a babear espuma. Los ojos se le pusieron en blanco. No tardaron las otras dos en entrar en el mismo trance. Padre, escuche lo que le voy a decir: ante aquel espectáculo me sentí más dichoso que nunca. No sé cómo describirlo, fue como una epifanía.

-Pero qué me estás contando insensato.

-Lo sé padre, yo mismo me asusto imaginando semejante barbarie, pero en aquel instante me embargó una felicidad extasiante. Incluso creí ver a nuestro Señor Jesucristo, no le cuento más.

-Ave María purísima.

-Sin pecado concebida.

-¡Calla degenerado! Te prohíbo que blasfemes en la casa del Señor. Lo que viste fue a Satán.

-¿Usted cree?

-¿No llamaste a una ambulancia?

-No. Preferí observar cómo se desgañitaban pidiendo ayuda.

-Tú no viste a Satán, ¡tú mismo eres Satán!

-Pero qué dice padre. Compórtese por dios.

-¿Estás seguro de que murieron?

-Creo que sí.

-¿Crees que sí? Luego no estás seguro.

-Cuando dejaron de moverse parecían muertas.

-¿Qué hiciste entonces?

-Las metí en el maletero de mi coche y las llevé al vertedero.

-¿Las arrojaste a la basura?

-Sí.

-¿Te vio alguien?

-No.

-¿Estás seguro de que no te arrepientes? Aún estás a tiempo.

-No estoy seguro padre.

-¿Lo volverías a hacer?

-No.

-Entonces puedes arrepentirte sin miedo.

-Me arrepiento padre.

-Entonces yo te absuelvo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo amén. Reza cincuenta Padre nuestros y cuarenta Ave Marías hijo mío. Ahora ve en paz.

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Despertar dominguero

Eran las dos y veinte de la tarde y Cautivador seguía en la cama, mirando fijamente al techo de su claustrofóbica habitación, debatiéndose entre zamparse un bocadillo de panceta o hacerse una paja mañanera. Unos minúsculos haces de luz se colaban a través de la persiana corrida. Junto a Cautivador yacía la señora Yamamoto, o lo que quedaba de ella, tumbada boca abajo con la cara incrustada contra la almohada, roncando como un guerrero vikingo. Había sido una noche loca, una juerga de órdago que por ahora Cautivador prefería no rememorar. Al día siguiente, lunes, tendría que redactar un informe sobre la operación Yamamoto para su jefe de sección. Ya habría entonces tiempo para recapitular.

Se levantó al cabo de cinco minutos dispuesto a prepararse un bocadillo no de panceta sino de berberechos a la vinagreta. En la cocina se encontró con la ama de llaves de la Yamamoto y la subdelegada para asuntos del Lejano Oriente del gobierno británico, a las que Cautivador había decidido llamar Mari y Trini. Allí estaban las muy cachondas, tal como dios las había traído al mundo, dormidas sobre la mesa de la cocina, fundidas en un abrazo sudoroso, por no decir pegajoso. Cautivador trató de hacer el menor ruido posible para no despertarlas. En el frigorífico no había ni berberechos a la vinagreta ni panceta ni ninguna otra cosa comestible excepto un par de yogures de fresa caducados. Qué putada, pensó. Se fue a la sala a engullir lo yogures frente a la televisión. Estaba destapando el segundo yogur cuando de pronto el informativo de la BBC arrancó con una noticia de impacto: la honorable señora Mikiko Yamamoto, esposa del honorable embajador del Japón en el Reino Unido, y sus dos acompañantes británicas, Georgina Thompson y Elizabeth McIntyre, llevaban dos días desaparecidas. ‘¡¿Dos días, cómo que dos días?!’, exclamó en voz alta Cautivador. Además la policia barajaba seriamente la posibilidad de un secuestro. Si cuando uno se lleva un susto de muerte se dice que los huevos se le ponen de corbata, entonces habrá que decir que a Cautivador se le pusieron de pajarita porque, además de subírsele, los cojones se le redujeron al tamaño de avellanas riojanas. No era domingo, como él había pensado, sino lunes. ‘¡Santa madre de dios!’, volvió a exclamar, pero esta vez más fuerte. A continuación comenzó a sentir temblores en las manos y los pies y la mente se le quedó en blanco. ‘Un trago, necesito un trago’, fue todo lo que alcanzó a musitar.

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Pinchando en el Torture Garden

Por mucho que se disfrace de dominátrix nunca conseguirá engañarme. Sus artimañas me son tan familiares como mis propios pensamientos. Conozco a Cautivador desde hace demasiado tiempo. Trabajamos juntos durante varios años, hasta que yo decidí dejar la agencia de superhéroes y dedicarme a vivir de las rentas. Ahora hago lo que siempre quise hacer: pinchar discos en fiestas privadas los sabados por la noche. Me contratan porque lo hago bien y porque no cobro un solo penique. Lo hago por puro amor al arte. Dos platos, unos pocos vinilos y mi portátil es todo lo que necesito para amenizar noches como la de hoy. Llevo años viniendo al Torture Garden pero nunca antes había tenido oportunidad de pinchar para esta horda de depravados. Pongo lo que me sale de los cojones. Cuido que el ambiente sea distendidamente siniestro, contundente, misterioso, oscuro, pero todas las directrices que me dan quienes me contratan me las paso por el forro de los cojones. Eso parece encantarles a los muy pervertidos. Todo forma parte del mismo juego. Tú me preguntas esto y yo te respondo aquello y de paso te disloco la mándibula de una bofetada que te suelto. Y no hay preguntas, no hay porqués, no hay reproches, no hacen falta. Uno de los organizadores, un memo vestido de enfermera galáctica, acaba de pedirme un tema de no sé qué DJ soplapollas francés y yo, tras darle una patada en los huevos (estoy seguro que era lo que buscaba), le he puesto un poco de dub jamaicano, para que se joda (y disfrute):

Ingenuo de mí, creía que pinchar en el Torture Garden sería algo especial. No lo está siendo, o no lo ha sido hasta ahora, en las más de dos horas que llevo aquí metido. Puede que con la llegada de Cautivador la cosa se anime un poco. Tengo curiosidad por saber qué se trae entre manos. ¿Quiénes serán esas tres esclavas que lleva sujetas por el cuello con cadenas? Cautivador no quiere que caminen, quiere que gateen mientras las azota con su látigo modelo thrash (de las que hacen un daño que te cagas sin dejar llagas). Una de ellas, la japonesa, se resiste más que las otras dos. Parece no estar muy por la labor de someterse. Pero resistirse es la forma más placentera de someterse, bien lo sabe ella. Cautivador la insulta y la azota una y otra vez. ¡Cómo debe estar disfrutando la muy zorra! La sublime japonesa me tiene fascinado. ¡Con qué furor se resiste a los designios de su amo! La muy viciosa no para de gritar algo que a ratos suena como a “yamoto” o “mamoto”, quizá “yamamoto”. Es como si estuviera pidiendo socorro en japonés. Cuando acabe la noche debo acordarme de felicitar a Cautivador por este espectáculo.

Vestimenta para el Torture Garden

-Cautivador, hoy también llega usted tarde.

-Lo siento jefe. Mi coche se ha vuelto a estropear. Creo que me compraré uno nuevo.

-También podría levantarse quince minutos antes y venir en metro, como hacemos los demás. Es más barato.

-Sí jefe, tiene usted razón.

-Bien, dejemos ese tema. Centrémonos en su próxima misión. ¿Conoce un club llamado Torture Garden?

-He oído hablar de él. Organizan fiestas fetish a las que es obligatorio acudir vestido como quien va a un auto de fe de la Inquisición española.

-Yo diría que es más alegre que un auto de fe, aunque ya veo que se hace usted una idea aproximada. Para este sabado tienen organizado una fiesta por todo lo alto y quiero que usted esté allí. Sabemos que la mujer del embajador del Japón va a asistir a esa fiesta.

-¿La señora Yamamoto en el Torture Garden?

-Eso es lo que dicen nuestras fuentes.

-Pues disculpe el atrevimiento pero me parece que esta vez sus fuentes se equivocan. La señora Yamamoto es lo más parecido a una monja clarisa que me haya encontrado jamás. Ya le dije que ella no nos iba a servir para nada. ¿De qué se ríe?

-Ja ja ja, en realidad la señora Yamamoto cree que se trata de una fiesta tradicional inglesa que se celebra cada diez años.

-Joder, ¿y se ha tragado esa patraña?

-La palabra “tradicional” hace milagros con los japoneses. No ha podido negarse.

-¿Y quien le ha invitado, si puede saberse?

-Usted.

-¿Qué?

-Este sabado usted será la duquesa de Middlesex.

-Pero si no existe ninguna duquesa de Middlesex.

-Ya, pero la señora Yamamoto no lo sabe, y su marido tampoco. El pobre se hace un lío con tanto lord y tanto duque.

-¿Y cuál se supone que es mi misión exactamente?

-Ya habrá tiempo para eso. Ahora dedíquese a encontrar un traje apropiado para el Torture Garden. Debe usted causar una buena impresión a la señora Yamamoto.

-No se preocupe jefe, créame cuando le digo que dejaré huella en la Yamamoto.

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