Pinchando en el Torture Garden
Por mucho que se disfrace de dominátrix nunca conseguirá engañarme. Sus artimañas me son tan familiares como mis propios pensamientos. Conozco a Cautivador desde hace demasiado tiempo. Trabajamos juntos durante varios años, hasta que yo decidí dejar la agencia de superhéroes y dedicarme a vivir de las rentas. Ahora hago lo que siempre quise hacer: pinchar discos en fiestas privadas los sabados por la noche. Me contratan porque lo hago bien y porque no cobro un solo penique. Lo hago por puro amor al arte. Dos platos, unos pocos vinilos y mi portátil es todo lo que necesito para amenizar noches como la de hoy. Llevo años viniendo al Torture Garden pero nunca antes había tenido oportunidad de pinchar para esta horda de depravados. Pongo lo que me sale de los cojones. Cuido que el ambiente sea distendidamente siniestro, contundente, misterioso, oscuro, pero todas las directrices que me dan quienes me contratan me las paso por el forro de los cojones. Eso parece encantarles a los muy pervertidos. Todo forma parte del mismo juego. Tú me preguntas esto y yo te respondo aquello y de paso te disloco la mándibula de una bofetada que te suelto. Y no hay preguntas, no hay porqués, no hay reproches, no hacen falta. Uno de los organizadores, un memo vestido de enfermera galáctica, acaba de pedirme un tema de no sé qué DJ soplapollas francés y yo, tras darle una patada en los huevos (estoy seguro que era lo que buscaba), le he puesto un poco de dub jamaicano, para que se joda (y disfrute):
Ingenuo de mí, creía que pinchar en el Torture Garden sería algo especial. No lo está siendo, o no lo ha sido hasta ahora, en las más de dos horas que llevo aquí metido. Puede que con la llegada de Cautivador la cosa se anime un poco. Tengo curiosidad por saber qué se trae entre manos. ¿Quiénes serán esas tres esclavas que lleva sujetas por el cuello con cadenas? Cautivador no quiere que caminen, quiere que gateen mientras las azota con su látigo modelo thrash (de las que hacen un daño que te cagas sin dejar llagas). Una de ellas, la japonesa, se resiste más que las otras dos. Parece no estar muy por la labor de someterse. Pero resistirse es la forma más placentera de someterse, bien lo sabe ella. Cautivador la insulta y la azota una y otra vez. ¡Cómo debe estar disfrutando la muy zorra! La sublime japonesa me tiene fascinado. ¡Con qué furor se resiste a los designios de su amo! La muy viciosa no para de gritar algo que a ratos suena como a “yamoto” o “mamoto”, quizá “yamamoto”. Es como si estuviera pidiendo socorro en japonés. Cuando acabe la noche debo acordarme de felicitar a Cautivador por este espectáculo.





Hola Cautivador. Tu blog me tiene intrigada. Me gusta el diseño y me gustan tus artículos, o “episodios”, como tú les llamas, pero es todo un poco desconcertante. ¿Es todo parte de una misma historia?
El personaje del cautivador me recuerda a alguna de las, desde mi punto de vista, grandes creaciones de Palahniuk.
Tamaruca, gracias, gracias y mil veces gracias. Estoy abrumado, speechless. Cautivador y el amigo Chuck en el mismo comentario. Qué más se puede pedir.
hintrigaitas nos tienes…
Querida Beatriz, así es, todo forma parte de una historia que podríamos titular “Los desventuras de un hombre cándido”, o sea yo. Por eso no me extraña que te resulte desconcertante. Tiene que serlo, a la fuerza. Es cierto que a los comienzos no sabía si iba a tener el valor suficiente para contarlo todo. He ido ganando confianza y ahora sé que no he de seguir malgastando dinero con el psicólogo. Ahora os tengo a vosotras, queridas mías.
Queridas Ruvis, el suspense continuará. Aún queda mucho por decir, muchos estragos que realizar antes de alcanzar la paz eterna. Aunque encuentro un tanto descorazonador que el Santo Padre haya declarado de nuevo abierto el infierno. Espero que tengan barra libre y máquina de cubitos.