Despertar dominguero
Eran las dos y veinte de la tarde y Cautivador seguía en la cama, mirando fijamente al techo de su claustrofóbica habitación, debatiéndose entre zamparse un bocadillo de panceta o hacerse una paja mañanera. Unos minúsculos haces de luz se colaban a través de la persiana corrida. Junto a Cautivador yacía la señora Yamamoto, o lo que quedaba de ella, tumbada boca abajo con la cara incrustada contra la almohada, roncando como un guerrero vikingo. Había sido una noche loca, una juerga de órdago que por ahora Cautivador prefería no rememorar. Al día siguiente, lunes, tendría que redactar un informe sobre la operación Yamamoto para su jefe de sección. Ya habría entonces tiempo para recapitular.
Se levantó al cabo de cinco minutos dispuesto a prepararse un bocadillo no de panceta sino de berberechos a la vinagreta. En la cocina se encontró con la ama de llaves de la Yamamoto y la subdelegada para asuntos del Lejano Oriente del gobierno británico, a las que Cautivador había decidido llamar Mari y Trini. Allí estaban las muy cachondas, tal como dios las había traído al mundo, dormidas sobre la mesa de la cocina, fundidas en un abrazo sudoroso, por no decir pegajoso. Cautivador trató de hacer el menor ruido posible para no despertarlas. En el frigorífico no había ni berberechos a la vinagreta ni panceta ni ninguna otra cosa comestible excepto un par de yogures de fresa caducados. Qué putada, pensó. Se fue a la sala a engullir lo yogures frente a la televisión. Estaba destapando el segundo yogur cuando de pronto el informativo de la BBC arrancó con una noticia de impacto: la honorable señora Mikiko Yamamoto, esposa del honorable embajador del Japón en el Reino Unido, y sus dos acompañantes británicas, Georgina Thompson y Elizabeth McIntyre, llevaban dos días desaparecidas. ‘¡¿Dos días, cómo que dos días?!’, exclamó en voz alta Cautivador. Además la policia barajaba seriamente la posibilidad de un secuestro. Si cuando uno se lleva un susto de muerte se dice que los huevos se le ponen de corbata, entonces habrá que decir que a Cautivador se le pusieron de pajarita porque, además de subírsele, los cojones se le redujeron al tamaño de avellanas riojanas. No era domingo, como él había pensado, sino lunes. ‘¡Santa madre de dios!’, volvió a exclamar, pero esta vez más fuerte. A continuación comenzó a sentir temblores en las manos y los pies y la mente se le quedó en blanco. ‘Un trago, necesito un trago’, fue todo lo que alcanzó a musitar.






Conozco un tipo que cuando vuelve de marcha, al amanecer, siempre tiene antojo de berberechos en vinagre. Pensé que sería el único pero compruebo que no. Qué cosas.
Querida Tamaruca, yo también creía ser el único con debilidad por los berberechos en momentos de retreta. Me congratula saber que se trata de un vicio no tan raro. Creo que el siguiente paso (sobre el que he pensado detenidamente en más de una ocasión) sería poner los berberchos con panceta en el mismo bocadillo. Nunca me he atrevido, con lo que soy yo para atreverme, vamos.