Borrón y cuenta nueva
-Padre.
-Hijo.
-Padre, he pecado.
-Cuéntame hijo.
-He cometido numerosas barbaridades.
-No temas hijo, dime de qué se trata. El Señor sabrá perdonarte.
-Lo dudo padre.
-Te recuerdo que el Señor perdona a todos aquellos que se arrepienten.
-Ya, pero es que no sé si me arrepiento.
-¿Entonces a qué has venido?
-No me arrepiento pero sé que he pecado.
-Entiendo.
-Padre, he matado a tres mujeres.
-Santa madre bendita.
-Fue sin querer.
-¿Sin querer? ¿Las atropellaste?
-No, las envenené.
-¿Cómo?
-Esnifando cocaína que resultó no ser cocaína sino otra cosa.
-¿Qué cosa?
-No lo sé. Alguien debió ponerla en el lugar donde guardo la farlopa, quiero decir la cocaína.
-Entonces no fue culpa tuya hijo.
-Pero fui la mano ejecutora padre.
-Sin saberlo hijo, sin saberlo.
-Pasamos el fin de semana los cuatro juntos. Nos despertamos el lunes con una resaca monumental. Pensé que un poco de cocaína nos ayudaría a levantar el ánimo, así que preparé cuatro rayas. Dejé que ellas esnifaran primero. Cuando estaba a punto de meterme la mía, vi que una de ellas empezó a tener convulsiones y a babear espuma. Los ojos se le pusieron en blanco. No tardaron las otras dos en entrar en el mismo trance. Padre, escuche lo que le voy a decir: ante aquel espectáculo me sentí más dichoso que nunca. No sé cómo describirlo, fue como una epifanía.
-Pero qué me estás contando insensato.
-Lo sé padre, yo mismo me asusto imaginando semejante barbarie, pero en aquel instante me embargó una felicidad extasiante. Incluso creí ver a nuestro Señor Jesucristo, no le cuento más.
-Ave María purísima.
-Sin pecado concebida.
-¡Calla degenerado! Te prohíbo que blasfemes en la casa del Señor. Lo que viste fue a Satán.
-¿Usted cree?
-¿No llamaste a una ambulancia?
-No. Preferí observar cómo se desgañitaban pidiendo ayuda.
-Tú no viste a Satán, ¡tú mismo eres Satán!
-Pero qué dice padre. Compórtese por dios.
-¿Estás seguro de que murieron?
-Creo que sí.
-¿Crees que sí? Luego no estás seguro.
-Cuando dejaron de moverse parecían muertas.
-¿Qué hiciste entonces?
-Las metí en el maletero de mi coche y las llevé al vertedero.
-¿Las arrojaste a la basura?
-Sí.
-¿Te vio alguien?
-No.
-¿Estás seguro de que no te arrepientes? Aún estás a tiempo.
-No estoy seguro padre.
-¿Lo volverías a hacer?
-No.
-Entonces puedes arrepentirte sin miedo.
-Me arrepiento padre.
-Entonces yo te absuelvo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo amén. Reza cincuenta Padre nuestros y cuarenta Ave Marías hijo mío. Ahora ve en paz.






Supongo que lo de “concevido” es un lapsus, no te tiraremos al vertedero por ello. Esta vez
Querida Tamaruca, mi vida entera es un lapsus. Que me tiréis al vertedero es lo mínimo que me merezco. En efecto, lo de “concevido” ha sido un lapsus que ahora mismo no puedo corregir porque el wordpress de las pelotas no me deja acceder a mi cuenta de usuario, y como voy a estar algunos días fuera pues voy a ser el hazme reir de toda la blogosfera. Que Satán me pille confesado.
En cuanto a lo de “concevido” en lugar de “concebida”, no sé, algo debía estar yo pensando que me ha jugado una mala pasada. Lo de la “v” (apertura de patas) en lugar de “b” (embarazo) es del todo comprensible, pero lo del cambio de sexo me tiene desconcertado. ¿Por qué él y no ella? Es una pregunta vital, como aquello de ¿quiénes somos y adónde vamos?
¡Jajajaja! Esta respuesta merece un bocata de panceta y berberechos. Cuando vuelvas de viaje te cuento otro lapsus, que una es muy maniática. Igual. O igual no.
Pásalo bien. Y no asesines a nadie, a ser posible.
Amantísima Tamaruca, no he podido aguantar la tentación de dejarme caer por un cibercafé pakistaní para enmendar mi error. Putoloco me ha escrito para informarme de otro error no menos garrafal: en la presentación de la blognovela de no ficción tenía escrito “abilidad”, así, con dos cojones y sin hache. En fin.
Cuéntame ese lapsus. Me tienes intrigado.