Tríos (18)
Según entraba por la puerta de la residencia Cold Turkey me entraron ganas de gritar, o de cagar, no sabría decirlo. En el hall había tres tipos mirándome fijamente con cara de pocos amigos. Tres heroinómanos. De inmediato supe que los conocía aunque me fuera imposible decir quiénes eran. (Extraña sensación, muy recurrente entre quienes sufrimos de amnesia.) Mi aspecto debió de hacerles mucha gracia porque dos segundos más tarde se echaron a reír los muy cabrones. ¿Pero qué podía decirles yo que no me dejara más indefenso de lo que ya estaba? Siguieron riendo incluso cuando me paré frente a ellos y, con una sonrisa cómplice (como si supiera de qué cojones se reían), les dije: “Hi guys. ¿Everything ok?” Y pararon de reír. El más alto me preguntó que qué había de lo nuestro. Su acento escocés era casi impenetrable. Yo no podía admitir que no tenía ni pajolera idea de qué me estaba hablando. Intuí de inmediato que aquella situación requería de una salida ocurrente. Le dije que ahora no era el momento, que podríamos hablar de ello otro día. Pero antes de llegar a la parte ocurrente, me dio un puñetazo. Me quedé atónito. Me dio otro puñetazo. Entonces entró una mujer que, por la autoridad con la que comenzó a recriminar a mis agresores, parecía estar al mando de la residencia de indigentes. Los tres tipos se esfumaron refunfuñando. La mujer me tomó de la mano y me llevó al patio trasero del edificio. Tras una monserga que duró cerca de diez minutos en los que me puso a bajar de un burro (no le hizo gracia que apareciera con aquellas pintas y en aquel estado penoso), me dijo que tenía una sorpresa para mí. ¿Sorpresa, qué sorpresa? Quería enseñarme su nuevo tatuaje. Pero antes le susurré al oído: “Hang on a minute, just a question: who the fuck am I?” Se me quedó mirando con cara de pasmo. “Come on Cautivador, what sort of question is that? You are the love of my life.” Así descubrí que mi nombre (el cual no me sonaba de nada) era Cautivador (qué horror) y que había alguien en este mundo que me consideraba el amor de su vida. Cuando me enseñó el tatuaje comprendí que aún me quedaba mucho por averiguar sobre lo que a todas luces parecían ser unas vidas cuando menos extrañas: la mía, la suya y la de nuestro amigo el mono.






Escribe un comentario