Orgía truncada en tres actos (20)

¿Quién me iba a decir que aquella prometedora orgía iba a acabar como acabó, entre ventosidades apestosas y reproches desvergonzados? Juro por lo que me es más sagrado (mi máscara rojigualda de sumiso) que no fui yo el que empezó. Luego, en el fragor de la batalla, es cierto que se me escapó alguno que otro, pero el deshonor de haber dado el pistoletazo de salida le correspondía a otra persona cuya identidad no se aclaró (por más que los seis me acusaran a mí). Mi teoría es que una vez arrojado uno bien horrendo los aires salen como por contagio, y que por eso mismo todos fuimos copartícipes en aquel flaticidio. Al menos eso fue lo que me vino a la cabeza mientras la pelirroja más alta (la que vestía de monja de clausura, no la otra) se desgañitaba chupándome la polla. Claro, ni puta gracia que le hizo que dejara escapar aquel cuesco. Se apartó de mí dando un salto de malabarista y, señalándome con el dedo, empezó a gritar “To my face! To my face!”, como si ella fuera un comentarista de fútbol y yo acabara de marcar un gol por toda la escuadra. Joder la que se montó.

orgy

La noche había comenzado como comienzan esas noches en que uno tiene la total certeza de que lo va a pasar de ensueño. Con decir que al lugar convenido (una habitación doble del Travelodge de Kings Cross) yo ya llegaba con agüilla en el calconcillo lo digo todo. Lo único que remotamente empañaba mis expectativas era la posibilidad de que aquella humedad generara pesetón, lo cual, afortunadamente, no llegó a ocurrir. Fui el tercero en llegar. Me enfundé mi traje de esclavo sumiso y mi adorada máscara de cuero que tanto placer me han proporcionado a lo largo de los años. Incluso estuve a punto de meterme la bola de billar en la boca, pero decidí no apresurarme, no fuera a perder el resuello antes de empezar. Mientras me vestía fueron entrando el resto de participantes hasta completar el número mágico: tres tíos y cuatro tías hacen siete mentes calenturientas. Una dominátrix (en riguroso cuero, con látigo e instrumental de tortura), dos inquisidores (con sus respectivas sotanas de semana santa, bien equipados con fustas y rosarios), una monja (la ya mencionada pelirroja), dos esclavas (la otra pelirroja y una mujer negra de ciento veinte kilos) y un esclavo (yo mismo) formábamos un plantel de lo más provocador. Nadie conocía a nadie y todos traíamos el guión bien aprendido de casa. Ante aquel panorama pensé: las cosas que se pueden organizar con el puñetero internet.

Primer acto

Empezamos la función. La escena de partida es la siguiente: yo en primer plano siendo apaleado (sin pasarse un pelo) por los dos inquisidores mientras las esclavas, que se acarician mutuamente, les chupan sus pollas erectas; la monja a mis pies consolándome (es decir, abriéndome la bragueta lentamente con su mano pecadora); y al fondo de la imagen la dominátrix dando ordenes a diestro y siniestro y arreando unos latigazos estremecedores mientras los inquisidores se turnan para lamerle la entrepierna. Vamos, una pedazo de postal S&M. Transcurren cinco minutos (o sea nada) y la negra empieza a refunfuñar algo, pero nadie le presta atención. Coño, pienso yo, lo que sea que esté diciendo esta tía no estaba en el guión. Pasan otro par de minutos y la negra vuelve a refunfuñar. Esta vez se le oye decir, clarito clarito, “¿quién se ha cagao?”, pero en inglés jamaicano. Yo aún no huelo nada, así que sigo con lo mío, tratando de no perder la concentración, recibiendo bofetadas y latigazos mientras la monja me pellizca el escroto. Y entonces lo huelo. Joder qué peste. Y en ese momento es como si alguien gritara “¡Corten!”. Todos nos paramos sin saber muy bien si debemos salirnos de nuestros papeles y hacer un breve inciso para aclarar las cosas. El inciso ocurre y dura cinco segundos, quizás menos. Soy yo el que trata de poner orden, el esclavo, qué ironía. Digo: “creo que somos suficientemente mayorcitos como para saber comportarnos”. Todos asienten como ovejitas adiestradas, incluso la dominátrix que hasta hace unos segundos parecía encolerizada. Pero nadie confiesa ni se disculpa. Cobardes.

Segundo acto

Parece que el problema está subsanado. Comienzo a escuchar respiraciones agitadas y gemidos de dolor. Bien, pienso, vamos bien. Ahora el belén adopta otra disposición. Uno de los inquisidores comienza a sodomizar a la monja. Ésta, bajo su hábito inmaculado, no lleva refajo sino unos exquisitos ligueros de cuero negro con ribetes verdegay y turquesa que me despistan por un momento. Su lengua viperina lame los pezones de la dominátrix. El otro inquisidor, un señor calvo de unos cincuenta años (este tío me suena de algo), parece un poco indeciso pero no tarda en ponerse manos a la obra: con una fusta comienza a azotar las plantas de los pies de la esclava negra. La negra y la pelirroja (la monja no, la otra) ambas se enzarzan en un 69 desparejo: la segunda está en los huesos, la primera no, ni mucho menos. Yo, ni corto ni perezoso, me pongo encima de la negra y se la meto por detrás. La pelirroja (que debe estar hecha una calcamunía) no se queja (a lo mejor no puede), así que continuo con lo mío. Bonita estampa de piernas, brazos y culos entrelazados a punto de quebrarse. Justo lo que todos buscábamos. Así seguimos un rato, aportando pequeños matices a la idea central, cuando de pronto al inquisidor calvo se le mete en la cabeza que tiene que introducir su pichita minúscula en el orificio delantero de la negra. La esclava pelirroja ha cambiado de posición (se ha lanzado a mordisquear el dedo gordo del pie izquierdo de la dominátrix) y ha dejado un preciado espacio libre que el inquisidor calvo pretende ocupar. Como una culebrilla, tumbado bocarriba, trata de deslizarse bajo las carnes de la negra, que yace bocabajo disfrutando de mis embestidas neumáticas. El inquisidor se desespera, aunque no se queja abiertamente (más le vale). En una de éstas, situado ya bajo las carnes de la susodicha, empieza a arrimar su pilila hacia el objetivo. Lo veo venir. Un impulso, otro impulso y ¿qué es lo que ocurre? Pues que en lugar del coño de la negra es mi culo al que está apuntando. La primera vez que me roza el ojete pienso, vale, se ha confundido, ya enderezará el rumbo. Pero la segunda, que llega al de poco, me aturde de tal manera que decido intervenir. Hago como que me tomo un respiro (está permitido beber agua en cualquier momento) y gateando me acerco a él y le digo al oído: “una más de ésas y te crujo los huevos, ¿entendido?” El tío asiente, sus ojos como platos. Los demás no se han dado cuenta de nada. Perfecto. Continuamos como si nada, pero basta que se la vuelva a meter a la negra para que el anormal del inquisidor, payaso suicida, haga exactamente aquello que le va a costar una buena estrujada de huevos. Le agarro del paquete con mi mano derecha y aprieto bien. El tío se pone a gritar como una loca. ¿Le estará gustando?, me pregunto. Pero no consigo despejar esa duda porque justo entonces vuelve a oler a pedo. Madre del amor hermoso, qué pestilencia. Esta vez es la dominátrix la que interviene. “Bueno, ya está bien”, dice educadamente, “así no hay manera de disfrutar.” Y el inquisidor calvo misteriosamente añade: “último aviso”. Lo que hay que oír. Para colmo la voz del calvo me es familiar: se trata del presentador del concurso ese casposo de Channel 4 (nombre del concurso: ni puta idea). La negra y la monja aprovechan el inciso para beber un poco de agua. Se escuchan toses incómodas, algún que otro gruñido, sin embargo no tardamos en regresar a la normalidad de una orgía sadomaso a la carta.

Acto final y colofón

Me aparto del presentador tanto como puedo (si se me acerca tengo pensado darle una patada en las pelotas, menudo soy yo con los de la tele). Ello me lleva a la entrepierna de la dominátrix, que me agarra de los pelos y me sumerge la cara en sus partes. Apenas puedo respirar. Resoplo a la vez que engullo, en un intento desesperado por seguir con vida. Esto me gusta, me gusta mucho. Me gusta tanto que cuando la monja vuelve a chupármela me pilla desprevenido y suelto amarras. Vamos, que me echo el famoso pedo que abre la caja de los truenos. Joder cómo se ponen, todos increpándome por haberles jodido la noche. Que si guarro, energúmeno, asqueroso, pedorro, esclavo indisciplinado (¿quién coño diría esto último?), los insultos hacia mi persona se multiplican exponencialmente. En fin, un desastre. ¿Me defiendo? Para qué, no serviría de nada. Me pongo en pie con toda parsimonia, en cámara lenta, sin levantar la vista, con los ojos clavados en el suelo, pero no por vergüenza, no, más bien como si les estuviera perdonando la vida, con orgullo y chulería de esclavo emancipado, y les digo: “señoras y señores, me temo que jamás podría alcanzar el orgasmo con semejante pandilla de quejicas, así que me marcho a mi casita a hacerme una buena paja”. No pierdo el tiempo en quitarme mi indumentaria. Cojo la bolsa de deporte en la que he metido mi ropa de calle y enfilo hacia la puerta, sin prisa, gallardo, con la cabeza bien alta, como un auténtico caballero. Los seis me siguen espetando todo tipo de injurias. Me da igual. No me afecta. Abro la puerta, pero antes de salir decido despedirme. Me acerco al inquisidor calvo y le miró conciliadoramente a los ojos. Él duda por un instante, pero las formalidades televisivas a las que está habituado le impulsan a ofrecerme la mano, y yo, como no, se la estrecho mientras lentamente elevo mi rodilla derecha y, en un derroche de ímpetu, sin perder la compostura arrogante, suelto un pedo atronador. No me quedo a olerlo. Digo “ahí queda eso”, y me marcho.

~ por cautivador en Enero 30, 2009.

9 comentarios to “Orgía truncada en tres actos (20)”

  1. “Esta fiesta es un coñazo, en cuanto encuentre mis bragas me marcho” Non-fiction quote

  2. “Deja que te ayude semental mío”

  3. Os metería un buen plug anal haber si así mejora la fiesta!!

  4. Algo bueno sacaste de todo esto. Parece que Cautivador comienza, mal que bien, a recuperar la memoria. Dicen que la memoria olfativa es la más poderosa de todas… igual algo de eso hay.

    En cualquier caso, puestos a aventurar hipótesis, yo voto por uno de los curas como culpables de haber tirado la primera piedra. Será la querencia…

  5. Así reza el título: “Algo huele mal, pero que muy mal”

  6. Ariadna: lo del plug ese suena pero que muy bien. Lo propondré para la siguiente orgía.

    Danny: la memoria olfativa no sé, pero aquellas ventosidades eran sin duda muy poderosas. La negra sé que no fue por razones obvias. Puede que tengas razón, yo también sospeché del inquisidor calvo. Me faltaron pruebas para acusarle allí mismo.

    Tamaruca: un placer tenerte de nuevo de visita. Tú lo has sabido captar como nadie. Ni yo mismo me había dado cuenta.

  7. go fuck all of you. cock zackers guys all of you guys fucked bitches found something to do assholes ass stupid storys hajj,blebleblebleblebel

  8. Thank you Mike, wise man, for your kind words. They are much appreciated.

  9. faltan algunas fotos para alegrar la pagina pero que sean buenas fotoa de nicas bien ricas y tenpladas y con buen culo

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