Un día en las carreras (21)
Un día en las carreras me hará bien, pensé. Estaba equivocado, por supuesto. Perdí las tres mil ochocientas libras que me quedaban en el banco por culpa de mi aguerrida ignorancia caballar. Salí del horse track de Reading ligeramente deprimido. Para arreglarlo me fui al de Cheltenham. Allí perdí cinco mil libras que conseguí prestadas de tres rusos simpatiquísimos que se dedican a estos menesteres. El principal más treinta puntos a una semana, ése fue el trato. Se quedaron con mi Mini Cooper como garantía. Observé impotente cómo dos de ellos se lo llevaban mientras el tercero (el único que hablaba inglés) me daba el número de teléfono al que debía llamar si quería recuperarlo. No había ni asomo de reproche en sus palabras. Normal, el coche valía por lo menos el triple de lo que me habían prestado. Con el rabo entre las piernas, tuve que pedirle veinte libras para poder regresar a Londres en autobús. Esta vez me miró con aire despectivo y me soltó “fuck off, we’re no charity”. Lo que siguió sucedió impensadamente. Mi puño salió disparado como un resorte hacia su cara siberiana, y mi banquero, de nombre Nicolay, cayó de espaldas como un saco de patatas. ¿Que por qué reaccioné de esa manera? Y yo que sé. Si hubiera tenido tiempo de pensar en las consecuencias de aquel acto sin duda me habría contenido. Pero ya era tarde. Le calcé una patada en pleno riñón izquierdo antes de que hiciera amago de levantarse. Desde el suelo empezó a jurar en ruso. Tuve que darle otra patada para que se callara, esta vez en el estomago. Para entonces yo ya era muy consciente de dónde me estaba metiendo. Ni toda la adrenalina del mundo hubiera nublado aquella certeza apabullante.
Por fortuna en aquel instante había muy pocas personas en el parking del hipódromo, y al parecer ninguna de ellas provenía de la patria del vodka. Alabado sea el Señor. Continué arreándole patadas mientras discurría mi plan de huida. Necesitaba dinero y Nicolay tenía dinero, así que le pateé hasta que dejó de revolverse. Coño, pensé, a ver si me lo he cargado. Pero de inmediato descarté esa posibilidad: un estertor entrecortado era prueba de que aún seguía respirando. Me agaché y de sus bolsillos extraje un paquete de cigarrillos Benson & Hedges, un mechero con forma de calavera, tres condones, un puño metálico y dos fajos de billetes. Mucho más que suficiente para que un taxi me sacara de allí pitando. También le cogí el móvil, no fuera a poner a sus compinches tras mi pista antes de tiempo.
Me alejé a toda prisa en dirección al centro, con la esperanza de cruzarme con algún taxi vacío. Finalmente, tras la terca negativa de varios taxistas, tuve que recurrir a un minicab sin licencia para que me devolviera a Londres. Al volante iba Amir, un señor pakistaní que me amenizó el viaje con sus problemas familiares. Yo callé la mayor parte del tiempo, atendiendo a sus infortunios con un interés fingido, felicitándome en silencio por no tener ni esposa ni hijos. Aunque, a ratos, el efecto sedante de las historias de Amir se veía empañado por breves interferencias mentales en las que se me aparecía la imagen de Suzanne blandiendo una sartén. Entonces las criadillas se me encogían sin remedio. Cómo hacer para que mi última desventura no la animara a matarme; ese dilema debía resolverlo antes de presentarme en su casa.






apostar siempre cuando no se necesita ganar…
Préstamos (¿préstamos?): ¿Me escribís de “Consulting credit”? ¿Tan mal os van las cosas que pretendéis captar clientes como yo? ¿Pero es que no habéis visto como me las gasto con los prestamistas? Además, ¿de qué sirve apostar si no se necesita ganar? ¿Dónde está la emoción? En fin, que lo del “credit crunch” no se os atragante demasiado. Sobre vuestra oferta de hipótecas solo decir que por ahora voy a pasar. Gracias.
Jolin como se lo monta el cabrón