あなたの死の苦痛される (22)
He contado muchas patrañas a lo largo de mi tempestuosa vida, y he de decir que casi siempre con notable éxito. Sin embargo Suzanne es impermeable incluso a mis mentiras más verosímiles. Su intuición para distinguir lo falso de lo verdadero me abruma y me anula a la vez. Por eso decidí contarle tal cual lo ocurrido con mi coche y mis ahorros y omitir el altercado con el prestamista ruso. (Omitir no es mentir y, además, no había necesidad de hacer saltar todas las alarmas.) Ése era el plan que traía en mente cuando Amir me dejó junto al portal de Suzanne. Me despedí de él tras darle una merecida propina. Acto seguido me dirigí hacia el White Hart, el pub que hay justo al otro lado de la calle. Como tantas veces, pensé que un par de tragos antes de subir me irían de perlas. Lo que no contaba era con encontrarme a Suzanne sentada en uno de los sofás de cuero con un vaso de whisky en la mano. De inmediato comprendí que algo no marchaba bien porque ella no acostumbra a beber sola.
“Estoy más que harta”, fue lo primero que me dijo nada más sentarme a su lado. Yo estaba convencido de que se refería a mí, a quién sino. “Han vuelto a entrar en mi apartamento”, continuó.
No se me ocurría peor momento que aquél para ponerle al día de mis recientes problemas. Le pedí a Zack, barman y buen amigo, que me pusiera otro whisky.
“¿Qué han robado esta vez?”, pregunté.
“Nada, eso es lo curioso, lo he revisado todo y no falta absolutamente nada. Esta vez ni siquiera han forzado la cerradura”.
“¿Y cómo sabes que han entrado?”
“¿El Rothko que me regaló mi madre?
“Sí, ¿qué hay de él?”
“Alguien lo ha cambiado de sitio, ahora está colgado en la sala.”
“¿Colgado en la sala?”
“Y los muebles…”
“Los muebles…”
“No están donde estaban. Los han movido.”
“¿Qué crees que estarían buscando?”
“Yo diría que nada. No hay nada revuelto. Es extraño, es más bien como si hubieran entrado a redecorar mi apartamento.”
“¿Cómo? ¿A qué mente retorcida se le ocurriría hacer eso?”
“Hay más. En la pared de mi habitación donde estaba el cuadro hay ahora unas pintadas.”
“¿Pintadas? ¿Qué clase de pintadas, cómo son, qué dicen?”
“Será mejor que lo veas por ti mismo.”
Suzanne se tomó el resto del whisky de un solo trago. Yo no tuve tiempo de probar el mío. Dos minutos más tarde entrábamos por la puerta de su apartamento. En la pared de la sala estaba el Rothko, colgado a una altura perfecta, centrado milimétricamente. La televisión estaba ahora en la pared opuesta, ligeramente esquinada, dejando espacio suficiente para la mesa de dibujo de Suzanne. El sofá lo habían retirado un poco hacía el interior, girándolo casi imperceptiblemente hacia el balcón. La antigua alacena que Suzanne había comprado en Portobello Road también estaba retirada hacia el interior. Las cortinas las habían descolgado. Yacían plegadas cuidadosamente sobre la mesa de dibujo. El efecto de este nuevo orden era sutil pero claramente palpable: la sala parecía no solo más espaciosa sino más agradable. Quien quiera que fuera el que se había tomado la molestia de hacer aquellos cambios tenía buen gusto, eso era innegable. Hasta los libros parecían tener una nueva disposición. Me acerqué a la estantería para ver de qué se trataba.
“Lo sé, yo también me he fijado”, dijo Suzanne.
“Fijarte en qué”, balbuceé.
“¿No lo ves? Todos los libros están ordenados alfabéticamente.”
En ese instante un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Aquello era jodidamente siniestro.
“Ven. Te falta la habitación.”
Lo vi nada más asomarme a la puerta. En la pared podía leerse (para quien sepa leerlo): あなたの死の苦痛される. Si hubiera sabido cómo teclear aquellos caracteres habría probado a traducirlos en Google translate. Podían significar cualquier cosa pero, en opinión de un iletrado como yo, su aspecto era absolutamente magnífico. La habitación ganaba mucho con su presencia.
“¿Qué opinas, chino o japonés?”, preguntó Suzanne.
“Yo diría que japonés, pero vete tú a saber.”
Los dos nos quedamos en silencio durante varios segundos, nuestros ojos fijos en la pared. Fui yo el que retomó la conversación con una pregunta que me había estado rondado en la cabeza desde que salimos del White Hart:
“¿Por qué no me has llamado en cuanto has llegado a casa?”
“La verdad, no quería que te preocuparas. Bastante tienes con lo tuyo.”
Muy cierto, pensé, pero dije algo distinto:
“Suzanne, si estamos juntos lo estamos para todo, ¿de acuerdo?”
“De acuerdo”, dijo con una sonrisa. “¿Te apetece otra copa?”
“Sí, pero no aquí. Volvamos al White Hart.”
Eran las diez y media de la noche y los únicos presentes en el pub éramos nosotros dos y Zack, que estaba haciendo cuentas sobre la barra. Le invitamos a nuestra mesa. Se disculpó diciendo que aún le quedaba mucho papeleo por hacer. La música sonaba apelmazada, como si no tuviera ganas de sonar. Nuestra conversación fue ganando en intensidad a medida que los whiskys iban cayendo por nuestro gaznate. Yo no lo escuché, y creo que Suzanne tampoco, pero en algún momento debió de sonar el móvil de Zack porque de pronto escuchamos cómo le levantaba la voz a alguien a quién no parecía conocer.
“¿Que quién soy yo?”, decía ahora a voz casi en grito, “¡pero si me has llamado tú! … sí, me llamo Zack, ¿quién eres tú? … ya y una mierda … ¡¿cómo?! …. no, no entiendo una mierda … joder qué acento … vaya, no me digas … pues como no hables más claro … ¿ah sí? noooo me digas … ya … ya … uy qué miedo … eso habrá que verlo … mira tío, será mejor que me digas quién cojones eres porque al dueño del móvil desde el que llamas lo tengo aquí mismito, delante de mí.”
Mientras continuaba discutiendo Zack me hacía señas para que me acercara. Podía sentir los ojos de Suzanne clavados en mí. Zack vociferaba: “¿Cómo, que quieres que se ponga quién? … ¿Jack Lecotó? … ¿y quién carajo es ése?”
El whisky había ralentizado mis reflejos. Tarde unos segundos en caer en la cuenta. Eché mano de mi chaqueta para comprobar lo que ya era evidente. Del bolsillo izquierdo saqué el móvil que le había quitado al prestamista ruso. Entonces lo recordé: mí móvil había quedado en la guantera del Mini Cooper.
“¿Pero qué es lo que pasa?”, me pregunto Suzanne, “¿Quién tiene tu móvil? ¿Quién es ese Jack Lecotó?”
El de Zack era el útimo nombre de la agenda de mi móvil. ¿Estarían llamando al azar, o habrían empezado por el final?
“Es que no me oyes, ¿quién es Jack Lecotó?”, insistía Suzanne.
Tuve que decírselo:
“Jacques Lecouteaulx c’est moi.”
“¿Tú?”
“Es el nombre que utilicé para hacer los papeles del coche.”
“¿Y el del teléfono?”
Había venido de Cheltenham con intención de omitir esta parte, pero ya no tenía sentido, así que lo dije:
“O mucho me equivoco o se trata de la mafia rusa.”





No lo pone fácil. Si escribe en negro sobre blanco -o, al menos, oscuro sobre claro- podrá leérsele con gusto. Así -añadido que tampoco utiliza usted un “tamaño de fuente” terciado- cuesta lo suyo. En serio, contemple la posibilidad de modificar el color de impresión de sus textos.
Cuánta razón tienes Julián. Muchas gracias por tu comentario. Trataré de hacer algo al respecto, aunque con lo inútil que soy editando el CSS puede pasar cualquier cosa. Un saludo.
Hum, parece que no es Suzanne la única que ha sufrido una redecoración últimamente…
Que sepas que me gusta la subtrama rusa (y no es porque me haya visto Rocknrolla un par de veces… o quizá sí, vete tú a saber).
Hay que joderse con los móviles… si es que los carga el diablo!!! Pues nada, aquí nos quedamos esperando el siguiente capítulo… (échale un ojo a un vaso en el primer párrafo y luego borra este inciso
)
Gracias Mr. Macgill por tu comentario, y gracias también por el desliz con el vaso. Definitivamente no debería empinar tanto el codo. (No hay necesidad de borrar el inciso, no me gusta editar comentarios.)
Aún no he visto Rocknrolla. Después de Revolver me quedé bastante planchado, la verdad. Le echaré un vistazo. En referencia a la mafia rusa es Eastern Promises lo que tengo en mente.
あ死の苦痛される あな あなたの死の苦 あ あなたの死の苦痛 あなたの死の あなる あなたの苦痛される あ あな
たの死の苦 痛される あなた の死の苦痛 される あな たの死の苦 痛される あなたの死の苦痛される あなたの死の 苦痛される あ なた の死の 苦痛される あなたの 死の苦痛 される.
すべて事実だと言う非常に紳士。
ゼロのレアルマドリード、リバプール5
mira que cosa tan curiosa……
http://www.pueblos-espana.org/comunidad+valenciana/alicante/cautivador/
De curiosidades está hecha la vida, putoloco. No lo he visitado nunca pero ya tenía noticia de su existencia. Está bien saber que uno procede de la California europea, aunque parir me parieron más al norte, allá donde lagartija es sugelandare y jaqueca burukomin.
Bueno lectura para empezar el día en la oficina.
Pásame el número de los decoradores anónimos, que aún no acabo de vaciar las cajas, y eso que me cambié hace ya un mes.
Un saludo.
http://atanorblog.wordpress.com/