Siete de la mañana de un lunes lluvioso. El coche parece no querer arrancar. Definitivamente el coche no quiere arrancar. Paso de tomar un taxi para ir al trabajo. Paso también de montarme en el puñetero autobus que tarda una hora en llegar al centro de la ciudad. Diez minutos es lo que tardaré en llegar caminando a la boca de metro más cercana. Sigue lloviendo a cantaros. Decido correr para no acabar calado. En vano. Frente a la máquina expendedora de billetes estoy mojado de pies a cabeza. Parece que hoy no es mi día. El tren de la Picadilly Line que me llevará a nuestras oficinas de Covent Garden llega completamente abarrotado de gente. A duras penas consigo entrar en el tren. Huele a sueño y legañas. Me pregunto por qué alguien con mis poderes ha de pasar por todo esto cada mañana. No es por fardar pero podría ir volando a la oficina. Sin problema. No tadaría ni un minuto en llegar. Pero el jefe no quiere que hagamos bravuconadas fuera del horario de trabajo. La política de la agencia es muy clara en lo que a hacer bravuconadas se refiere: los superhéroes que estamos en nómina solo podemos hacer alarde de nuestros poderes cuando llevamos puesto el traje de superhéroe de la agencia. Lo decía muy claro en el contrato que firmé. Así que no debería quejarme, lo sé. Pero es que me revienta este olor a sueño y legañas. ¿Qué necesidad hay de hacernos pasar por esto? ¿Tanto perjuicio les causamos a los patrocinadores de nuestros trajes de superhéroe si acudimos a la oficina volando con vaqueros y jersey? Si es así, entonces que nos dejen llevarnos el traje a casa. Pero no, por ahí no quieren pasar, no vaya a ser que la competencia nos robe los trajes. Creo que nada más llegar a la oficina voy a telefonear al síndicato de superhéroes. Esto no puede seguir así.
No quiero ni pensar cuál será el trabajo que me asignen hoy. Estoy hasta mis mismísimos superhuevos.








